Manolo Cruces

El curioso caso del producto perfecto que no compraba ni el tato

(Y lo que aprendí cuando entendí que el problema no era el producto)

“Por aquí sí.”

“Esto que estás haciendo tiene sentido.”

“¡Se te va la olla o qué!”

Hay un momento muy concreto en el que casi todos los negocios se quedan bloqueados.

Y es cuando no saben ni por dónde empezar. Cuando todo parece importante.

Cuando no sabes si tocar el producto, el precio, el mensaje…

O si lo que tienes que hacer es simplemente salir ahí fuera y ponerte a vender (si es que alguien llega a esa conclusión el primer día).

Aún no has empezado… y ya te has dado de bruces con el primer marrón.

Porque la mayoría no solo necesita “poner orden al desaguisado”.

Lo que necesita es no estar solo. Necesita un socio que le diga:

“Por aquí sí.”
“Esto que estás haciendo tiene sentido.”
“¡Se te va la olla o qué!”

Porque seamos claros.

No existen caminos buenos o malos. Existen caminos que recorres… y de los que aprendes.

Yo he recorrido unos cuantos.

Muchos de ellos, auténticos senderos de mierda.

Y hoy quiero contarte algo que, visto desde fuera, parece casi paranormal.

El extraño caso de un producto fantástico, con un servicio impecable,

un equipo brutalmente bueno y varios años de experiencia…

…al que no contrataba ni el tato.

¿Por qué?

Porque vivían con una venda en los ojos.

Porque se creyeron la mayor mentira del emprendimiento moderno:

“Si el producto es bueno, el boca a boca hará el resto.”

Spoiler incómodo: No lo hace.

Y conocer ese error te puede ahorrar muchos años dando tumbos.

Algo mucho peor que tener clientes malos. Personajes indeseados que te regateen hasta el céntimo.

O gente que piense: “Menudo pringao”.

Pero antes, déjame contarte algo personal.

Algo que viví en mis primeros años como emprendedor.

Porque esto es un síntoma de todo lo demás. La criptonita de la mayoría de negocios.

La soga invisible que aprieta el cuello sin hacer ruido.

Y la diferencia real entre los que lo consiguen o los que se quedan cerca de la orilla.

Durante años trabajé como freelance para consultoras tecnológicas. Y siempre escuchaba la misma frase, dicha con orgullo:

“Nosotros nunca hemos salido a buscar clientes. El boca a boca es lo que nos funciona.”

Ya te lo traduzco: “Somos tan buenos que no necesitamos vender.”

Menuda mierda de pensamiento.

Lo más jodido de todo es que ese pensamiento me caló tanto, que durante años esa fue mi estrategia de ventas.

Ideas que suenan bien… hasta que tienes que prostituirte para pagar el alquiler.

Porque cuando no sales a vender, cuando no sabes generar oportunidades, acabas aceptando cualquier cosa que aparezca, aunque sea una boñiga de vaca del tamaño de un rascacielos.

Y así fue como acabé metido en una de las escenas más ridículas de mi vida.

Agosto.

Barcelona.

Y una agencia de marketing desesperada…

Necesitaban integrar algo con Facebook.

Era urgente. Era para ayer.

Todos sus proveedores habituales estaban de vacaciones.

Y alguien, por casualidad, dijo mi nombre. No porque yo fuera el mejor. Ni el más preparado.

Sino porque era el único pringao disponible un 8 de agosto.

En aquella época trabajaba de lunes a domingo. Agostos incluidos.

Y no lo hacía porque me encantara trabajar. Sino porque no tenía un duro.

Así que cogí el tren y me planté en sus oficinas para hacer el trabajo in situ.

El teletrabajo, en aquella época, era una palabra que ni siquiera existía en el diccionario.

Así que imagínate el panorama. Me sentaron en una sala pequeña. Entró Silvia.

Una chica muy maja y super amable, pero estresada no lo siguiente.

Me explicó lo que necesitaban:

– “Tenemos que crear una app de Facebook para una campaña.” – “Tiene que estar lista hoy.”

Yo asentía. “Sí, claro.” “Ajá.” “Sin problema.” “Por supuesto.”

Por dentro, sudando como un cerdo.

Porque cuando Silvia salió de la sala… se destapó el pastel.

Abrí el navegador.

Escribí: www.facebook.com

Cuando se abrió la página, lo primero que hice fue…

Darle al botón de “Crear cuenta”.

No es que no supiera crear una Facebook App. Es que no tenía ni cuenta de Facebook.

Ni idea de cómo funcionaba. Ni idea de cómo se programaba aquello.

Ni idea de nada.

Pero ahí estaba yo. Solo. Sin margen de maniobra.

Sin poder decir que no.

Y aunque esto te pueda parecer un caso extremo, es algo que vive mucha gente sin decirlo.

Porque cuando no sabes vender, cuando no sabes generar oportunidades, no eliges.

Acabas pillando lo primero que te ponen delante.

Aunque no tengas la más remota idea de hacer lo que te piden.

Porque estás cagado. No tienes dinero. Y tienes que hacer lo que sea para sacar algo de pasta.

Simplemente, aceptas. Aceptas proyectos que no deberías.

Plazos imposibles.

Y condiciones absurdas.

Tragas.

Ese día sobreviví de milagro. Pero lo importante no es la anécdota.

Lo importante es lo que entendí después.

El verdadero problema no era Facebook. Ni la agencia. Ni agosto en sí.

El problema era que no tenía control. No sabía cómo conseguir clientes de forma predecible.

No sabía cómo decir “no”. No sabía cómo marcar condiciones.

Y sin eso, no tienes un negocio. Tienes un trabajo precario en el que vives cada día en la cuerda floja. Y da igual que seas bueno si nadie sabe por qué contratarte.

Da igual que tengas experiencia. Da igual que tu producto sea la hostia. Da igual que trabajes bien.

Si nadie entiende por qué tú. Si nadie ve qué problema concreto resuelves.

Si nadie percibe qué cambia después de pagarte…

No te compran.

Y no porque el mercado esté mal. No porque la gente no valore el trabajo bien hecho.

Sino porque no estás sabiendo vender lo que haces.

Y vender no es engañar. No es presionar. No es convertirse en un charlatán de feria.

Vender es ayudar.

Vender es poner luz dónde solo hay caos.

Es saber explicar a quién ayudas, con qué problema y por qué contigo y no con otro.

El problema es que nadie te enseña esto cuando empiezas.

Te dicen que mejores el producto. Que cuides la marca. Que publiques contenido. Que confíes en el boca a boca.

Y mientras tanto… Sigues sin clientes. Sigues aceptando lo que entra.

Sigues trabajando demasiado para ganar poco.

Por eso creé Vender sin complejos. No para enseñarte “trucos”. No para darte frases mágicas.

Sino para ayudarte a construir la base que convierte un buen profesional en un negocio que funciona.

Para enseñarte cosas como estas:

Dejar de hundirte cada vez que alguien te dice que no.

Entender por fin que en ventas no te rechazan a ti, sino una propuesta en un momento concreto.

Salir de la cueva y ponerte en movimiento.

Aprender a llamar, ofrecer y avanzar sin que cada “no” te joda el día (ni el negocio).

Dejar de vivir sometido a los clientes.

“Hazme una rebajita”, “Ya que estamos, añade esto otro”… Pagos a 30, 60 o 90 días, el 24 de cada mes a mes vencido o, simplemente, clientes que desaparecen cuando toca sacar la cartera.

Hacer propuestas que NADIE responde.

Romper el bucle de “trabajo mucho pero no gano lo suficiente”.

Porque el problema no es el esfuerzo, es cómo estás generando oportunidades y ventas.

Dejar de trabajar como un condenado para no llegar a fin de mes.

Porque un negocio que exige 12 horas al día para sobrevivir no es un negocio, es una trampa.

Dejar de sentirte un perdedor

Cuando alguien te pregunta: “¿Y qué tal va el negocio?”.

Empezar a cobrar cuando toca (y lo que toca).

Sin vivir con la tesorería seca, sin ir persiguiendo pagos ni cruzar los dedos cada final de mes.

Dejar de aceptar cualquier proyecto por miedo a quedarte sin nada.

Elegir mejor a quién dices que sí… y aprender a decir que no sin cagarte encima.

Dejar de sentirte inferior a tu competencia.

Aunque tengan peor producto, peor servicio o menos experiencia… venden mejor. Y eso se aprende.

Cargarte el síndrome del impostor cuando hablas de precios o propuestas.

Porque sabes exactamente qué aportas y por qué vale lo que vale.

Dejar de vivir en modo supervivencia constante.

Sin la sensación de que cualquier imprevisto te puede mandar a la mierda.

Romper la sensación de estar atrapado en tu propio negocio.

Lo montaste para ser libre y ahora tienes más estrés, menos margen y cero control.

Dejar de pensar que todo te sale mal o que no tienes suerte.

Cuando entiendes cómo generar ventas, la “suerte” deja de ser un factor.

Después de ver todo esto, es normal que pienses que el problema eres tú.

Que te falta algo. Más experiencia. Más seguridad.

Más “madera de emprendedor”.

Pero no.

No te falta talento, ni tener un don.

Lo que te falta no es ser mejor, es dejar de improvisar y esperar que lo providencia te traiga a los clientes.

Porque todo esto se arregla cuando dejas de ir a ciegas y empiezas a tener un sistema sencillo para generar oportunidades.

Va de orden. De saber qué hacer cada semana. De no esconderte cuando toca salir.

Y de tener a alguien que no deje escaparte cuando empiezas a dudar.

Eso es exactamente Vender sin complejos.

No es otro curso más. No es teoría para acumular. No es “mírate estos vídeos y suerte”.

(de hecho no hay vídeos)

Es una mentoría práctica para dejar de dar vueltas y empezar a generar oportunidades de forma intencionada.

El rollo es tal que así:

Antes de la primera sesión te enviaré 3 ejercicios muy concretos para que empieces a pensar, por fin, en lo importante:

  • ¿Quién es tu cliente?
  • ¿Qué problemas reales tiene?
  • ¿Y qué miedos y deseos le mueven a comprar?

Sesión 1

En la sesión 1, vamos a trabajar sobre esos ejercicios para afinar el foco. Aquí empezarás a ver con claridad a quién hablarle… y a quién no.

Sesión 2

En la sesión 2, vamos a construir un plan de ventas. Algo así como el mapa del tesoro, con sus 5 puntos clave: objetivo, estrategia, acciones concretas, obstáculos y cómo sortearlos.

Nada genérico.

Tu plan. Para tu negocio.

Sesión 3

Y en la sesión 3, cerraremos el plan y definiremos el calendario de trabajo semanal con puntos de revisión claros.

Aquí se acaba la improvisación.

Y a partir de ahí…

Lo mejor de todo si lo de antes te sabía a poco.

Después de trazar el plan NO te voy a dejar solo ante el peligro, porque: 

durante 6 semanas te voy a acompañar por WhatsApp.

Para resolver dudas.

Para ajustar el plan.

Para empujarte cuando te escondas.

Y para que no abandones cuando aparezca el primer “no”.

Porque ahí es donde la mayoría se rinde. Pero tú no vas a tener esa escapatoria.

Ahora, hablemos claro de dinero.

El precio real de esta mentoría es 325€.

Y sí, los vale.

De sobra.

Porque aquí no estás pagando contenido, estás pagando años de pruebas, errores, tortazos y aprendizajes reales condensados para que tú no tengas que repetirlos.

Y hay un detalle importante más.

Solo hay 3 plazas.

No porque quede bonito decirlo, sino porque no puedo acompañar bien a más personas.

Si esto es lo que andas buscando, no lo pienses demasiado.

Porque recuerda…

Nadie va a construir tu negocio por ti. Pero no tienes por qué hacerlo solo.